Homilía en la Misa de ordenación del Obispo Bejarano

El Obispo Robert McElroy dio esta homilía en la Misa de ordenación del Obispo Ramón Bejarano el 14 de julio en la iglesia La Inmaculada

 

La segunda lectura que elegiste para tu ordenación como obispo viene de la Carta a Timoteo, quien fue el obispo de Éfeso. San Pablo tenía alrededor de 65 años cuando la escribió, con ella trataba de animar al joven obispo, Timoteo. En dicha carta, Pablo habla del gozo que ve en la constante fe y servicio de Timoteo, agradece a la familia de Timoteo por haberlo criado tan cerca a Cristo, y exhorta al joven obispo a predicar la Palabra sin cesar.

Ramón, hoy me encuentro como un obispo de la misma edad que Pablo tenía en ese entonces dirigiéndome a un joven obispo a quien tendré el privilegio de ordenar al episcopado. Lo que siento resuena fuertemente con el mensaje de Pablo.

La fe y el amor pastoral que han caracterizado tu sacerdocio me llenan de alegría. Y el hecho de que nos ayudarás a guiar nuestra Iglesia local para enfrentar el futuro me da un inmenso gozo.

Agradezco a tus padres por todos los sacrificios que han hecho por ti a través de tu vida, y a toda tu familia por nutrirte con amor.

Te invito a que sigas siempre la exhortación de Pablo: Predica el Evangelio en temporada y fuera de ella, para que mujeres y hombres puedan encontrarse con Cristo en la vida de la Iglesia.

El día que se anunció tu asignación, Ramón, visitamos al Obispo Gilberto Chávez cuando se acercaba a la muerte. Cuando le comenté que tu habías sido nombrado Obispo Auxiliar de San Diego, sus ojos se iluminaron y te otorgó una hermosa bendición para tu nuevo ministerio. Esa bendición fue un símbolo para toda la comunidad hispana por tu misión, y fue un alegre reconocimiento de que una vez más tenemos un obispo hispano entre nosotros.

El tema del Buen Pastor yace en el corazón del Evangelio del día de hoy. No hay imagen más cautivadora en todos los Evangelios; tan exigente en su completa entrega de sí mismo al bien del pueblo de Dios, tan humana en su expresión de un cuidado que es permanente, nutriente y protector, tan individual en su expresión de amor divino como el cuidado del Padre quien nos ha conocido desde el primer momento en el vientre de nuestra madre, y quien nos amará hasta el final de los tiempos.

En tu sacerdocio, Ramón, has amado como un pastor, proclamando con celo evangélico la Palabra de Jesucristo en toda su intensidad y plenitud, y encerrando esa proclamación en el amor tierno e íntimo que impregnó la enseñanza de Cristo. Has tomado a pecho la convicción pastoral de que la misericordia es el principal atributo de Dios en relación con la humanidad, y has trabajado para transformar tus parroquias en hospitales de campo al servicio de todos. Es justamente esta orientación pastoral, que ha estado tanto en el corazón de la historia de nuestra Iglesia local como en el corazón de tu vida sacerdotal, la que me da la mayor alegría al ordenarte para el episcopado el día de hoy.

La Diócesis de San Diego es una Iglesia de Inmigrantes que siempre ha atraído fuerza e identidad de las olas de hombres y mujeres que han venido a este lugar en busca de una nueva vida. Desde los inmigrantes de Latinoamérica quienes llegaron desde los primeros días de nuestra comunidad católica hasta los europeos que viajaban al oeste en vagones. Al igual que hombres y mujeres militares cuyo servicio a nuestra nación los llevó a convertirse en sandieguinos, y trabajadores quienes han venido al norte para laborar en el Valle Imperial. Somos una Iglesia formada por la experiencia inmigrante y por la necesidad de construir un sentido permanente de solidaridad dentro de la Iglesia.

Esta búsqueda de solidaridad se ve amplificada por la inmigración contemporánea de Asia, África y América Latina, incluso mientras se ve desafiada por la continua necesidad de que la comunidad católica y la sociedad en su conjunto luchen contra nuestra historia de racismo en contra de las comunidades nativas americanas y afroamericanas.

La trayectoria de tu vida, Ramón -naciste en Texas, te mudaste a Chihuahua con tan solo 1 año de edad, para luego volver a mudarte a California cuando cumpliste los 18; tu trabajo en los campos de tomate del Valle Central y tu experiencia de amor de una familia en todo momento – ha plasmado en tu corazón y en tu alma la esencia de una experiencia inmigrante, lo cual te hará un colaborador esencial y arquitecto en la construcción de la solidaridad evangélica de nuestra Iglesia local.

Tu sed de justicia en un mundo lleno de injusticia, especialmente para migrantes, trae un fuego para la enseñanza social de la Iglesia y la renovación de nuestro mundo para alinearlo con los imperativos del Evangelio. Necesitamos de ese fuego, esa visión, esa dedicación de construir una Iglesia de unidad y diversidad en Cristo.

En la primera Lectura de hoy del Libro de Génesis, Abraham hizo un llamado de dejar todo lo conocido y comenzar el viaje para cumplir la misión de Dios. No se aferra a la seguridad, sino que depende totalmente del Señor.

Ahora tú, Ramón, has recibido este mismo llamado de dejar a un lado la seguridad y la familiaridad para poder servir a la Iglesia local. Así como Abraham, debes comenzar de nuevo en una nueva tierra, un nuevo presbiterio, una nueva comunidad de fe y una nueva misión. Durante estos largos y agotadores meses de espera, nunca has tambaleado en tu respuesta al llamado de Dios. Has confiado no en la seguridad de todo lo que hasta hoy conoces y eres, sino en el Señor.

Mientras te ordenamos obispo este día, nos encontramos en un momento de crisis social. La pandemia nos ha desgastado y nos hace temer sobre el futuro que se aproxima. Nuestros hermanos del Valle Imperial enfrentan un gran sufrimiento mientras se sumergen una vez más en la agonía de suspender la vida pública. La agitación racial desgarra nuestra nación y nos obliga a enfrentar nuestra larga historia de prejuicios raciales y étnicos.

Sería un error para nosotros como iglesia local ver estos retos como temporales, o con límites en sus implicaciones en la vida de la Iglesia en San Diego.

La pandemia ha transformado el paisaje de nuestra vida eclesial de manera que cambiará permanentemente la naturaleza de la acción pastoral y la evangelización. Patrones de vida parroquial que han sostenido a la comunidad y la proclamación del Evangelio durante décadas han sido quebrantados por el aislamiento de estos meses y la atomización de toda la vida social de la que hemos sido testigos. Existe un gran peligro de que esa pandemia esté creando una cultura de mayor desconexión dentro de la vida de la Iglesia que persistirá mucho después de que se encuentre una vacuna.

Los temas de raza y nacionalidad, los derechos de inmigrantes y el imperativo de una auténtica solidaridad en la sociedad y nuestra Iglesia que han surgido en los últimos meses también son un punto de inflexión, no un episodio. Estamos en medio de una profunda renovación social en la que el significado de igualdad en nuestra nación está siendo irrevocablemente modificado para bien.

Finalmente, y más profundamente, la pandemia ha destruído nuestros sentimientos individuales y colectivos de seguridad en todos los niveles – salud personal, seguridad financiera, seguridad, y relaciones. Nos hemos enfrentado cara a cara con la realidad existencial de que no tenemos el control y que la seguridad que habíamos atesorado y de la cual presumíamos es solo una ilusión.

Debido a estas tres rupturas -la interrupción de la vida eclesial, el abrumador reconocimiento de que no vivimos en una sociedad de auténtica solidaridad, y el asalto devastador que la pandemia ha dejado sobre nuestro falso sentido y fuentes de seguridad- la misión pastoral de la Diócesis de San Diego en los próximos meses y años no debe ser una de recuperación, sino de transformación.

Una hoja de ruta para esta transformación radica en la teología y la experiencia pastoral de la Iglesia en América Latina, centrada en el documento de Aparecida y las enseñanzas del Papa Francisco. Es la Iglesia de América Latina la que ha formado las oleadas de inmigrantes que constituyen la mayoría de nuestra Iglesia local. Es la Iglesia de América Latina la que formó al Obispo que será ordenado este día. Y es la Iglesia de América Latina la que ha producido la teología más fértil y dinámica para cumplir el mandato de Jesucristo en el siglo XXI.

Las bases para combatir la desconexión en la vida de la Iglesia en un mundo pos-Covid radica en las palabras de la conferencia en Aparecida:

“Lo que se requiere es confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia, a partir de un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que levanta discípulos y misioneros”.

En otras palabras, el discipulado demanda misión y surge solamente por un encuentro con Cristo. La experiencia de una pandemia ha hecho esto más cierto, no menos.

Debemos re-imaginar nuestra vida pastoral y hacer acercamientos a la luz de este primer principio. Debemos aprovechar los nuevos instrumentos de evangelización que hemos descubierto en estos días y reexaminar cada suposición fundamental de nuestro acercamiento pastoral para poder traer a nuestra comunidad en la fe las bases para un encuentro íntimo y personal con Jesucristo. Durante estos meses de Covid, he sido testigo de una increíble creatividad pastoral por parte de nuestros sacerdotes, personal parroquial y líderes laicos, los cuales se han enfocado en diseñar un acercamiento más personal en nombre de Jesucristo. Debemos aprovechar esa creatividad y dirigirla hacia nuestro llamado perdurable para crear discípulos que sean verdaderamente misioneros en un mundo que ha cambiado.

A medida que nos enfrentamos a las divisiones raciales, étnicas y de clases que han envuelto a nuestra nación y afligen a nuestra Iglesia, podemos encontrar guianza en el concepto central que se menciona en Aparecida sobre el tema de solidaridad: El concepto de exclusión. La Iglesia latinoamericana reconoció que el término teológico histórico de marginación no captura en su totalidad la experiencia de alienación dentro de la Iglesia y la sociedad. Los ataques a la solidaridad no solo colocan a las personas al margen de la sociedad y la Iglesia, sino que las excluyen por completo de una participación significativa. La exclusión es una realidad en la que se unen cuestiones de raza, clase y poder. Si queremos construir una verdadera solidaridad dentro de la comunidad de la Iglesia y nuestra nación, debemos reconocer la pecaminosidad que subyace en todas las estructuras y acciones de exclusión y exclusividad. Al desterrar esa pecaminosidad nos movemos hacia la justicia y nos curamos a nosotros mismos.

Finalmente, en este tiempo de Covid en el que las ilusiones de nuestra seguridad han sido destrozadas. Estamos forzados a preguntarnos como creyentes: ¿Cómo he concebido la seguridad en mi vida? En estos meses se han destrozado sueños, lastimado relaciones, y destruído carreras y negocios. Para la Iglesia no hay trabajo más importante en los próximos meses que consolar a aquellas personas que han sido afectadas y traer a nuestro mundo la comprensión de que Dios proporciona el único fundamento duradero para el viaje de la vida en esta tierra.

En palabras de Aparecida, “Aquellos que disfrutan más de la vida son aquellos que dejan la seguridad en la orilla y se entusiasman con la misión de comunicar la vida a los demás”. Como hombres de fe, todos debemos estar tranquilos con dejar la seguridad en la orilla en lugar de buscar crearla a través del prisma de las normas culturales que nos sofocan a nosotros y a nuestro mundo.

El día de hoy, Ramón, estás dejando la seguridad en la orilla. Vienes entre nosotros como un pastor amoroso, un hombre de fe y un obispo inmigrante en una Iglesia inmigrante. De eso, nos regocijamos.

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